LO MEJOR, LO PEOR, LO DE SIEMPRE

 A falta de fútbol, bien valen momentos caseros. Esos que intuíamos y tantos añoran. Los que reconcilian con nuestra esencia familiar humana.


Contaba un amigo, que cuando fue de cura a dar a la extremaunción a una viejecica y le dijo que no se preocupara, que iba a la casa del Señor, ella, con la sinceridad reflejada en su mirada, le respondió: “sí padre, pero es que, como en la casa de una…”. Cuidémosla, cuidémoslos y cuidémonos como nunca, porque este lío ha llegado para cambiarnos; pero no tanto.

Coincidimos en exaltar el ejemplo de nuestros sanitarios, de nuestros uniformados, de quienes deben dar el callo para que no nos falte de nada y el de quienes reflexionan e investigan sin descanso para hallar un tratamiento eficaz y una vacuna; todos con pocas excepciones. Pero, ¿qué hacen los obligados, porque los votamos y viven de nosotros, a guiarnos hacia el anhelado maná? Pues siento afirmar, y mucho, que mayoritariamente siguen tan ineficientes e ineficaces como casi siempre nos dijeron nuestros mayores; los de la tercera España que reiteramos; los no militantes, sufrientes y esquilmados. ¿Han calculado lo que durarían en cualquier profesión con tanto fallo, improvisaciones, dilaciones y riñas de parte, o como empresarios o empleados en lo privado? Poco, nada y menos.

Unos, que hay que estar con el Gobierno. Otros, que mienten más que hablan. Los menos, que se sacrificarían por un pacto de Estado. Y los correveidiles habituales o interesados de turno, que hay que cambiarlo todo para mejorar; o sea, y ya tenemos experiencia, que cambiemos todo para que todo siga igual. Porque, ¿me pueden explicar qué cambios sustanciales y perceptibles hubo tras las crisis recientes que hemos sufrido en España, gobernaran quienes gobernasen? También, pocos, nada o menos.

Eso a nivel político. Pero, ¿y a nivel social o individual? Pues, desgraciadamente, por algunos de nosotros, quizás demasiados, por el estilo. Desengañémonos, aquellos son consecuencia de nuestra realidad. No nos hagamos cruces ni trampas al solitario ni nos rasguemos vestiduras. Ni tampoco señalemos a los demás, como acostumbramos a veces para eludir responsabilidades personales o colectivas, que se nos da muy bien. Mirémonos hacia dentro. En realidad, para lo bueno, para lo malo y para lo regular somos hijos de nuestra carne.

A saber. A una empleada de supermercado le urgen mediante un anónimo en su puerta a dejar su precaria vivienda de alquiler, después de dejar el pueblo donde vivía con sus hijos porque sucesivas inundaciones le hicieron la vida imposible. A una sanitaria le llaman rata contagiosa sus propios vecinos, con una pintada, y la instan a largarse para que no les contagie este malhadado virus. Y sus vecinos no corren a gorrazos a los responsables, que sepamos, aunque suponemos que en privado alguien habrá pedido disculpas.

¿Qué diferencias encuentran entre estos indignantes ejemplos y lo que vivieron y viven quienes se sintieron y se sienten señalados e indefensos ante el oprobio general, en zonas donde reina el terrorismo más o menos violento? ETA, entonces, y llámenles como quieran ahora, que ejemplos hay, se adueñó y se adueñan de calles, pueblos, ciudades y regiones españolas para que unos pocos vivan sin trabajar, dando por saco y holgazaneando — algunos siguen haciéndolo hoy en despachos públicos y hasta en púlpitos—; y otros presumen de pureza étnica, lingüística o diferencial, a cuenta de los obligados que pagaban sus cuotas revolucionarias, entonces, y tributan ahora por prudencia la ignominia de agachar la cabeza para no molestar ni significarse en contra de una masa sin alma ni rostro.

El miedo es libre, como la hipocresía y la generosidad. Y mientras unos arriesgan vidas y haciendas por obligación profesional o voluntariamente, otros, sin medallas ni reconocimientos, les apoyan y animan de corazón y hasta de cartera. Y los malnacidos, amparados en su habitual y cobarde anonimato, o en manada, les hacen la vida imposible. Y encima se esconderán tras un falsario bien común. ¡Cuánto canalla suelto!

El Covid-19 cambiará nuestras vidas, pero nunca cambiará ningún virus la miserable cobardía calculada. En momentos extremos, tan enorme como la espontánea condición humana heroica.

De corazón, bienvenidos los generosos. Y de entrañas, ¡qué hostiazo se merecen otros! Pero donde no cojeen.

Y otro ejemplo. Tezanos, el del CIS, fue profesor mío. Él enseñaba que la gente responde como le preguntas. Ahí está la clave. Entonces sociólogo ilustre, golfante de encuestas ahora. Y con dinero público.

Lo que dan algunas matas.

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