LAPORTA, LOS COMPLEJOS Y EL MADRID

 

Los complejos de superioridad generan soberbia y prepotencia y los de inferioridad, resentimiento y envidia. En definitiva, insensibilidad, deshumanización y tiranía, unos, y frustración, depresiones y baja autoestima los otros.

Cuando se trata de dirigir algo, quienes se creen superiores miran por encima del hombro a sus competidores, además de tener poco en cuenta las opiniones de los suyos, y quienes llevan impresas las huellas del resentimiento tienen la fijación vengativa hacia sus oponentes como resorte vital, viendo, además, enemigos personales por todas partes, incluso entre sus más próximos si no comparten siempre su negativa obsesión. 

Y el fútbol, como actividad humana, tampoco escapa de estas debilidades. Joan Laporta se retrató con su pancarta junto al Bernabéu, por muy buena idea de márketing que fuera, que indudablemente lo fue como distinción frente sus competidores para presidir el Barça; porque en el pecado llevaba la penitencia. Hacer de la alusión directa al rival su principal línea de campaña no fue sino evidenciar el enorme respeto que le profesa. Y en eso fue inteligente, porque no es mala idea para el propio realce personal retar al laureado oficialmente por la FIFA como mejor club del siglo pasado, lo que implica serlo de la historia en los poco más de cien años del fútbol.

El problema, si continua en la línea natural que subyace en caso de subconsciente acomplejado, como decíamos, será que presida el Barça contra el Real Madrid, como programa básico de su cargo, en lugar de centrarse en resolver los problemas institucionales y deportivos culés, con la ruina económica y la muy probable época post Messi que hereda. Afrontar esos dos enormes frentes darían para varios mandatos presidenciales.

Sin embargo, proclamar solemnemente que si un marciano llegara a nuestro planeta tardaría muy poco en percatarse de que el VAR es del Madrid, más allá de lo que tiene como pasto de forofos y alborotador de meninges simplonas, abona lo peor. En cualquier faceta de la vida, cuando un poderoso se queja de quienes imparten justicia, además de plañidero y desvergonzado, es insultante no solo para los débiles sino irrisorio también para quienes tratamos de mirar las cosas sin partidismos y extremos estériles por mucho que nos apasionen.

El VAR no es perfecto, claro está, pero ayuda en todo aquello que escapa a la mera y subjetiva interpretación arbitral. Esta herramienta técnica ha terminado con goles fantasma, fueras de juego y demás circunstancias poco ambiguas del juego que tradicional y clamorosamente favorecieron a los grandes, y eso es un avance que por sí solo justifica su existencia. Por eso, cuando un grande se queja de los árbitros: Madrid, Barça o Atlético, solo como ejemplos, porque a otros niveles podríamos hablar de Brasil, Italia o la Corea de turno por anfitriona, como bien recordamos los españoles; quienes hemos sufrido en nuestra carne futbolera el calvario del favoritismo hacia los poderosos, sentimos un inmenso gozo interno en paralelo al sano cachondeo que tan llorona, falsa y ridícula actitud nos provoca —Butragueño también lo genera cuando gime—.

Y hablando de intimidades, eso evidencia a su vez el ancestral complejo de inferioridad hacia los grandes de quienes somos seguidores de equipos modestos, aunque también nos vibren las fibras los colores y el escudo de alguno de ellos.

Pero hay más responsabilidades graves en quienes se empeñan por su indigencia intelectual o instinto criminal, además de por su cortedad de miras, en dirigir cualquier institución contra su rival, en lugar de hacerlo potenciando sus valías y yendo a lo suyo sin reparar en vigas propias para buscar pajas ajenas, y es la violencia que generan en demasiados seguidores con escasas entendederas.

Así, cuando los Laporta del mundo dicen, por ejemplo, que el Barça es más que un club, mezclando fútbol con Cataluña y sus discutibles reivindicaciones políticas y sociales, por razonables que sean algunas, vienen a ensalzar a su mega rival, en este caso el Madrid, como el representante de su bestia negra: España. Y ahí, aparte de ningunear a todos los demás, llevan las de perder también. Solo hay que comparar la historia universal de ambas realidades. Una pena por la legendaria dimensión del Barça en el mundo.

Laporta, que tuvo el honor de presidir el mejor Barça de la historia, marcando época, debería dedicarse al fútbol y dejar la política a los que viven de ella. A no ser que aspire.

Y si así fuera, cabría mandarlo más allá de hacer puñetas.

 

       

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