LA FUERZA DE LA FE

Cuando se cree en algo con fe, y el esfuerzo se encamina hacia un objetivo siendo coherente con la seguridad mental que te otorga aquella, normalmente se obtiene éxito; y si éste es esquivo siempre te quedará  la satisfacción de haberlo intentado. Esto es lo que debe pensar Guardiola y así se lo tiene grabado a sus jugadores: el convencimiento de que estás haciendo lo que debes y como debes.
Llegaba el Madrid al partido frente al Barca como favorito porque ha galopado excelsamente este año en todos los partidos, dentro y fuera, con la sola excepción de su visita al Levante, mientras que su rival andaba al trote borriquero en los partidos de fuera, salvo en Milán. Y los hechos parecían confirmarlo: antes del primer minuto ya iba por delante en el marcador; mejor imposible. Y, además, con una primera media hora primorosa en su labor de asfixiar al Barsa mientras los de Pep intentaban encontrar su juego; eso sí, fieles a sí mismos y al patrón que les ha hecho ganarlo todo.
Y lo que la lentitud de sus movimientos con los pies le negaba, la fortaleza mental de su fe en su admirado juego les iba dando alas hasta que engarzaron las dos primeras joyas. En la primera apareció Iker pero con la segunda no pudo. Y ahí cambió todo. Quedaban dos tercios de partido y el rumbo del viento varió. Ahora las velas que llevaban empopadas su nave con fuerza eran las azulgranas, mientras que las blancas se desinflaban. Y en la segunda parte apareció San Iniesta para terminar de soplarlas, con la ayuda decisiva de Alves en el papel de extremo cuando su técnico decidió jugar con tres defensas mediada la primera parte. Y ahí termino el clásico. Lo demás son accidentes del juego: el fallo de Valdés en el madrugador gol blanco, la suerte de Xavi en el segundo del Barsa, el fallo de Cristiano en el que pudo ser el dos a dos y hasta el golazo final de Cesc. Lances de un deporte que tiene en el azar, como todo juego, una premisa fundamental en su desarrollo.
Otra cosa son las cuestiones del planteamiento táctico del partido. Nunca me meto en estos análisis por parecerme que hay expertos que lo hacen mejor, pero como viene a cuento de lo que creo que fue decisivo, y así encabezo este artículo, voy a hacer una excepción.
Guardiola planteó el encuentro fiel a lo que es su estilo: tres defensas claros y dos falsos, Alves y Busquet, ganando la superioridad en el medio campo. Y arriba dos flechas, uno en banda y otro por dentro, Alexis y Messi, con el martillo pilón de Cesc entrando como falso delantero centro. Así viene jugando desde que incorporó este año al magnífico canterano exiliado en Manchester.
Mourinho, por el contrario, incorporó una variable incomprensible sacando a Coentrao de lateral derecho. A estas alturas estará rumiando la demostración que le hicieron Iniesta y Cesc de por qué España es campeona del mundo y Portugal no; el primero se lo llevó de calle cada vez que entró por su lado natural y el segundo le hizo una anticipación digna de estudio en su gol. ¿Qué buscaba el portugués con esa innovación? Evidentemente se equivocó. Este es uno de esos detalles que se dice que deciden los partidos entre dos grandes. Pero no el único ni el principal.
La clave estuvo en que el Barsa fue fiel a su estilo desde el principio, aun cuando se le puso la cosa muy cuesta arriba, y que  el Madrid no supo mantener la importante ventaja inicial. Cuando pasó la primera media hora insuperable que siempre tiene esta temporada se le acabó el repertorio. El sábado Mourinho no supo reaccionar y Guardiola le ganó la partida. Así de sencillo.
Se podrían decir muchas cosas más. Que si la cantera le ganó a la cartera con ocho canteranos frente a uno, que  el directísimo juego del Madrid aún está lejos de igualar el mundialmente envidiado juego de toque del Barsa, etc. Pero indudablemente la piedra angular estuvo en la fe del técnico catalán y de sus jugadores. Porque hay que tener mucha fuerza mental para jugarle al Madrid en el Bernabéu con tres defensas, y mucha fe para seguir jugando la pelota, Valdés por ejemplo, después de un fallo tan clamoroso. Y de Xavi qué decir: ¡expertos de pijama y orinal, balón de oro ya!

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