JOSE LUIS MENDOZA

 

El presidente de la UCAM no siembra indiferencia. Deportista entusiasta y futbolero admirador de Di Stéfano, promotor de clubes y patrocinador del deporte en general, comparte y defiende sus profundas convicciones con tanta generosidad y pasión como vehemencia y argumentos, aunque a veces pueda resultar socialmente incómodo e incluso inconveniente para sus afanes. Y como ocurre a quienes van por la vida de frente, con autenticidad y no de bien queda, y mucho más si son relevantes y preconizan dar ejemplo, acumula legión de seguidores y también cosecha envidias y recelos.

No obstante, hay una paremia bíblica adoptada por la humanidad para valorar a los hombres: por sus obras los conoceréis. Y ahí, ante la realidad de la Universidad Católica de Murcia, dedicación de sus últimos veinticinco años, no caben interpretaciones, prudencias cobardonas, cautelas ni medias tintas. El fruto de su obra es admirable para quienes no lleven orejeras y difícilmente repetible, igualable ni superable por sus detractores, sin excepción. Aquí nos conocemos todos.

Una universidad privada con apenas veinte años que tiene matriculados veintidós mil alumnos de toda la geografía nacional y de otros noventa y siete países, con tres mil y pico docentes, profesionales y trabajadores en activo; ochenta y tres titulaciones oficiales; cerca de cuatrocientas líneas de investigación y más de quinientos artículos científicos; ochocientos atletas universitarios y catorce medallas olímpicas con un centenar largo de deportistas españoles patrocinados.

Y como guinda, la UCAM acaba de ser distinguida por Times Higher Education, una de las tres organizaciones de ranking más importantes del mundo, como la décima en calidad de enseñanza entre las doscientas mejores de Europa, según destacaban recientemente los medios de comunicación sobre el The Europe Teaching Rankings 2019.  

A quienes hemos crecido a la sombra del monasterio de los Jerónimos, llamado también el Escorial murciano, la sede de la UCAM nos toca el corazón. Un enorme y majestuoso edificio de primeros del siglo XVIII que se caía a trozos, sito en Guadalupe y propiedad de la Iglesia Católica, y que gracias a la clarividencia del añorado obispo Azagra se puso en condiciones y sigue restaurándose por la iniciativa y perseverancia de José Luis Mendoza y su familia, en lugar de perderse o convertirse en recinto hostelero, cuando siempre fue un lugar de irradiación espiritual, cultural y educativa para los habitantes de su entorno, de esta bendita región y de la propia ciudad de Murcia; la séptima capital española y también demasiado tiempo “la siete veces coronada y nunca bien barrida…”

La matrona de nuestro Almudí representa como nadie al murciano: acogedor, expresivo y generoso con los de fuera, pero también cicatero en exceso con los propios. El murciano de bien admira a los ajenos que más allá de nuestras fronteras chicas han sido capaces de hacer grande a su tierra. Y también llevamos con orgullo y a gala a los paisanos que han sabido destacar en España en cualquier faceta, pero deberíamos hacerlo más con quienes lo han hecho aquí engrandeciendo a Murcia.

Sin embargo, desde hace tiempo, está enfilado por no sé quiénes ni por qué intereses ni con qué fin para castrar sus posibilidades de crecimiento porque probablemente se habrá equivocado en algo; lo desconozco. Pero, ¿quién no tiene borrones en su vida?

El carismático Mendoza, hombre de mundo y cartagenero de laboriosas raíces, hace grande a su región de Murcia y a España persiguiendo sueños y haciéndolos fecunda realidad para millares de personas sin distinción de raza, género, origen social, geográfico o ideológico. Con virtudes y defectos, porque es humano, y con una declarada y militante espiritualidad y fe católica porque también es muy libre, tenaz e infatigable, ha remado desde el origen de su proyecto contra el viento y la marea de la “Murcia guapa” de antaño, con alguna loable excepción, y sigue haciéndolo porque todavía hoy, paradójicamente, insisten en boicotearle.

¿Qué arguyen y por qué quienes todavía no ven claro el indudable interés social para Murcia de su realidad universitaria? Tal vez algunos notables deberían reflexionar y obrar en consecuencia, recordando, además, que no ha habido aquí ningún hecho de su relevancia en cien años, precisamente desde la refundación de la propia UMU.

Me sumo al ruego de que Mendoza se quede en Murcia y siga ayudando a nuestro deporte, al mundo universitario, educativo, científico, humanístico e investigador y a esta tierra tan necesitada de grandeza, frente a tentaciones, proyectos, lugares y gentes que lo acogerían agradecidos.

¡Salud y mucho ánimo, Presidente!

 

 

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