HASTA LUEGO, PRESIDENTE

HASTA LUEGO, PRESIDENTE.
Muy lejos, a un día de viaje por carretera, me llega la imagen sonriente y hasta bonachona de Pepe Pardo; la suya de siempre. Pero la sustenta una noticia que me deja sin palabras: se nos ha ido el mejor Presidente del Murcia; el que más alto llevó a nuestro equipo en su historia. E inmediatamente se me han escarchado los recuerdos en esta tierra de verdes y meigas, de castros y lluvia fina, y hoy, también, de lutos.
A mil kilómetros tengo la doble pena de no poder darle un último adiós de cerca, y un abrazo a los suyos, pero también la distancia suficiente para calibrar su figura con serenidad. Porque Pepe Pardo no era solo un buen empresario, y de éxito, ni un extraordinario expresidente con registros también difíciles no ya de superar, sino de igualar, ni un padre de familia a la vieja usanza, rodeado de cariños cercanos, ni siquiera solo un hombre entrañable que rendía culto a la amistad, no, era algo más.  Pepe era un murciano de la cabeza a los pies hecho a sí mismo desde la más modesta humildad; cualidad que no le abandonó nunca. Como tampoco la inteligencia parda que hacía honor a su figura y a su apellido.
Recuerdo cuando me contaba sus tardes infantiles de cántaras saltarinas vendiendo agua en las puertas de la plaza de toros o de la Condomina. Y cuando acompañaba a su padre vendiendo ropa por la huerta en una bicicleta vieja. Y lo hacía con esa sonrisa suya tan singular desde su mirada socarrona y nada jactanciosa, anticipándose siempre a sus palabras; más lentas pero igual de grandes en su sencillez.
Y tuvo la sinceridad, tan difícil de hallar pero tan fácil de exponer, de explicarme por qué era presidente del Murcia sin que el fútbol le atrajera especialmente. Fue en un avión, de viaje a Canarias, para jugar contra el Tenerife y que ganamos dos a cero, en el que yo acompañaba al equipo como aficionado con varios amigos. Con esa parquedad suya, otra de sus características, me dijo: “José Luis, yo vendo más pantalones siendo presidente del Murcia que de mi empresa”. ¿Cabe más verdad en cualquier presidente no profesional de un equipo de fútbol? Pepe Pardo en estado puro, del que tanto debían aprender  otros mucho más rumbosos. Una realidad absolutamente lícita en quien no llega a un club a llevárselas directa o indirectamente, ni a vender humo de amores ni sacrificios por unos colores. Como a cualquier otro sitio de relieve social. Eso que todos sabemos pero que pocos implicados reconocen.
Le conocí a principios de los ochenta de la mano de un amigo de los de verdad: Juan Ignacio de Ibarra, a quién he llamado enseguida para darle el pésame porque sé de su íntima relación y amistad sin reservas. Después, desde mi trabajo,  negocié con Pepe la publicidad de la entonces Caja de Ahorros Provincial en las camisetas del Murcia para ir dando a conocer la nueva marca que queríamos implementar: Cajamurcia.
Luego tuve la inmensa fortuna de recibir su cercana y elogiosa felicitación cuando conseguimos que el Murcia volviera a segunda división, tras la primera injusticia que condenó a nuestro equipo a bajar a 2ª B en los despachos, dejado de la mano de propios y extraños, con Samper, curiosamente, de secretario general de la LFP. Porque Pepe Pardo siempre estuvo ahí, apoyando al equipo que hoy debe recordarle con gratitud, junto a todos sus socios y aficionados.
A lo largo de treinta y cinco años tuve ocasión de coincidir con él en diferentes lugares, y nunca faltó un abrazo ni unas palabras cariñosas en recuerdo de los tiempos en que compartimos equipo desde distintas responsabilidades. La última fue en un restaurante de su barrio, Santa Eulalia, en el que volvió a ganarme por la mano y antes de que pudiera reaccionar tenía una botella de champán en la mesa que compartía con familiares. Los detalles de generosidad de Pepe con sus amigos  y conocidos, como era mi caso, tampoco tenía límites. Nuestro mejor presidente, además de ser un murciano de pro, de los que van quedando pocos,  y un hombre con el mérito extraordinario de llegar a la cima desde la nada, siempre fue un caballero.
Desde tan lejos, mi admirado Pepe, miraré esta noche al cielo para descubrir tu estrella, porque seguro que brillarás también allí y no será difícil encontrarte.  Y la abrazaré en la distancia.    

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