GUARDIOLA, EL CIELO PUEDE ESPERAR

GUARDIOLA: EL CIELO PUEDE ESPERAR
Ha optado por la política cuando podía haber liderado una parte del deporte nacional.  En caso de querer una relevancia social al margen de su trabajo, ambición tan noble como legítima aunque deba medir sus repercusiones, así como la de expresar sus opiniones, tenía todas las posibilidades y no se da cuenta. Y ha elegido su querencia aldeana, en lugar de su relevancia nacional, europea y hasta mundial, con lo que supone de minusvaloración de su propia imagen y de su futuro.
Defendí siempre su clarividencia cuando daba la pelota a la primera y podía parecer simpleza, inexperiencia o timidez. Después, alabé su determinación y sapiencia como técnico al apostar por Pedrito, que él había tenido en el filial de tercera, cuando sus directivos había acordado su traspaso al Portuense; y por Busquets, en lugar de vacas sagradas como Deçoy Ronaldinho. Además de hacer que Messi entrara por donde quisiera, sacándolo de su inicial banda derecha, aunque le costara largar a Eto’o, a quien mantuvo el primer año hasta sacar lo mejor de él, y luego la enemistad de Ibrahimovic, fichado por él mismo.
También valoré positivamente su elegancia, en detrimento del polémico Mourinho, y disfruté hasta el infinito con el juego de su Barça, origen de la mejor selección española de todos los tiempos, sin menoscabo de mis querencias.
Pero con la misma convicción, deploro su deriva política en versión nacionalista, porque recuerdo otras ideologías de su misma raíz que han ocasionado desastres a la humanidad. Ya sé que alguien me puede decir que la situación actual no es tan grave, pero los españoles sabemos cómo nos arde la sangre en cuestiones políticas, solo hay que poner la oreja en la calle y escuchar lo que se comenta por ahí al respecto de la cuestión catalana. Tenemos la experiencia, que avala cualquier hipótesis, de haber sufrido en España tres guerras civiles en el siglo XIX, las carlistas, y una atroz y generalizada en el XX: la Guerra Civil. Y, no lo olvidemos, aquellas y otras ideologías extremas fueron la semilla de la que vivieron nuestros padres y abuelos, y en buena medida, con otras tampoco lejanas, del enrarecimiento localista que padecemos.
Enmanuelle Petit, el internacional francés que jugó en el Barça a partir del 2000, acaba de declarar en la BBC que el ambiente era irrespirable en aquel vestuario blaugrana entre holandeses y catalanes. Y ha añadido que lo de estos últimos era lo más cercano al racismo. Aunque pueda parecer también exagerado, eso me recuerda otros ejemplos cercanos: el nazismo, el exterminio balcánico en Serbia y Bosnia, o el de los tutsis y hutus en África. La verdad es que nos puede parecer lejano, pero escuchar lo que también suena en ocasiones, como lo de españoles y catalanes de mierda y cosas parecidas, puede ser la semilla de la sangre derramada. Algo parecido sucede en el llamado País Vasco.
Guardiola, con su deriva política catalanista, olvida que el lenguaje del fútbol y el del deporte es bien entendido en el mundo, con todas sus diferencias, al nivel del que se expresa en el arte o la ciencia, en contraposición con el de la política, que no deja de ser un compendio de dialectos hablados por unos pocos interesados, seguidos, aunque no lo entiendan mucho ni lo sepan explicar, por millones de personas que en el fondo los deploran por ser los paganos de sus egoísmos.
Así, en vez de aspirar a conseguir el cielo de un liderazgo deportivo a gran escala, persigue un lugar al sol de su localismo geográfico, que solo debería ser una defensa noble de sus raíces, o, viviendo fuera, un sentimentalismo personal rayano en la nostalgia.
Lo lamentable es que cuando se quiera dar cuenta su tiempo habrá pasado. Una pena que tendrá que sumar a la decepción que le causarán quienes ahora lo utilizan. Mas, Junqueras y compañía, junto al innombrable Pujol de fondo, solo lo quieren de cebo útil, por no decir de tonto, y se lo demostrarán si aspira a sacar la cabeza en la política catalana: le recordarán cuál es su sitio. El mismo que él desprecia ahora.
Gasol, con más imagen y dimensión que él a nivel global, ha sabido estar en su sitio a ese respecto, así como Xavi. Scariolo lo ha defendido ante algunos patéticos franceses: “Dime cómo pierdes y te diré cómo seguirás perdiendo” . ¡Olé!, en lugar de chapeau; suena mejor.
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