FINAL DE COPA: LA GRANDEZA DEL FUTBOL

Habría que buscar muchos años atrás para encontrar un espectáculo tan bello en un estadio de fútbol. Y esto es así porque se enfrentaron los que seguramente son los dos mejores equipos del mundo, que cuentan con los mejores futbolistas del planeta, con dos entrenadores muy buenos, quizás los mejores actualmente, y con dos aficiones que hoy han dado una lección fantástica de buen comportamiento deportivo. Realmente no se puede pedir más.
Si a ello le sumamos que el partido en sí mismo ha sido de una intensidad sólo al alcance de auténticos privilegiados físicos y técnicos, como muy pocas veces se ha visto,  con un ritmo trepidante y con tal igualdad e incertidumbre que los 120 minutos se pasaron en un instante, nos encontraremos con una fiesta deportiva sólo al alcance de un fenómeno social como es el fútbol. Es difícil hallar otro espectáculo que concite tanta pasión y belleza en tanta inexactitud. Apenas se vieron fallos, los defensas cumplieron a la perfección, los porteros estuvieron sublimes, los delanteros hicieron ocasiones para que hubiera habido varios goles, las medias, cada una en su papel, interpretaron fenomenalmente sus partituras. Y para qué hablar de los planteamientos de sus técnicos. Mourinho perfeccionó el del último partido de liga entre ambos y adelantando sus líneas veinte o treinta metros hizo que su equipo fuera mejor en la primera parte, y Guardiola, por la suya, salió fiel a su sistema de siempre y rectificó en la segunda abriendo más el juego y haciendo que jugaran el cuero más rápido, consiguiendo, merced a ello, ser mejor equipo en la segunda. Ya en la prórroga, con el enorme cansancio acumulado, todo era una lotería; quien marcara primero se llevaba el gato al agua. Toda una lección de fútbol, un partidazo de los que se ven pocos, y, encima, con sus estrellas dando la talla que atesoran. ¡Tremendo!
Y luego estuvo el señorío final de unos y otros, reconociéndose los respectivos méritos y dando al mundo una lección de buen comportamiento deportivo. Al final ganó el Madrid interpretando  una jugada de ensueño en lo que mejor sabe hacer, velocidad eléctrica y remate imposible para el portero. Por un instante Di María me recordó a Gento y Cristiano a Santillana, con Marcelo de Butragueño haciendo una pared de ensueño.  ¡Chapeau!
Ahora sólo cabe esperar que los dos próximos encuentros alcancen la misma intensidad, cosa harto difícil, y que sigan deleitándonos con tanta belleza. Y que la lección de señorío y deportividad dada no sea flor de un día.
Ya tiene D. Florentino su Copa, a ver si a partir de ahora, con menos urgencias, de verdad es capaz de señalar  el futuro al Real Madrid con una política más acorde con su grandeza, y en otras competiciones venideras, en lugar de ser ratón y el Barsa león, D. Alfredo dixit, vemos a un equipo verdaderamente campeón, como su historia reclama. El Madrid tiene que ser favorito siempre y jugar a campeón, que es lo que quería decir la Saeta Rubia. Lo demás está bien, si bien acaba, pero jugando de esa manera sonará la flauta un día, pero nunca será un equipo de época.

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