EL LIDERAZGO DE DON MOURINHO

Tenemos la suerte de contar en nuestro fútbol con un personaje tan controvertido como exitoso entrenador. La pasada semana decíamos que sería difícil encontrar a alguien tan caballeroso como Guardiola en el panorama futbolístico mundial, y ahora es oportuno señalar al portugués como el paradigma de cuantos técnicos aspiran a dorarse al sol de la fama.
Mourinho deslumbró con su Oporto ganando la Champions en base a un fútbol rocoso no exento de ramalazos de calidad. Después fichó por el Chelsea y amparado en los posibles de su millonario presidente ruso elevó el caché del equipo londinense hasta llevarle a un éxito relativo en Inglaterra y al pódium de lo mediático. Fichó a diestro y siniestro sin importarle nacionalidad ni edades y logró acoplar un equipo con el que dio bastante guerra en los campeonatos domésticos sin alcanzar el brillo en las competiciones europeas. Digamos que renunció al estilo que le había llevado al éxito en Portugal, con una plantilla en su mayoría indígena, aglutinando una especie de ONU en el equipo inglés. Y, después, en el Inter hizo una apuesta diferente también a la primera y con menos euros que libras y rublos conformó una plantilla de jugadores de segunda fila y otros de primera venidos a menos con la que alcanzó sus mayores éxitos hasta ahora. Triunfó en Italia y en Europa ganando su segunda Copa de Europa con triplete incluido. Y de Lombardía al corazón de España.
Llegó al Madrid con la aureola de quien es capaz de hacer un equipo campeón a poco que le den libertad para hacer y deshacer a su antojo. Y, además, con el plus para el madridismo de haber eliminado al Barsa de Guardiola en las semifinales europeas el año anterior, aunque fuera como fue: gracias a un gol de Milito descaradamente en fuera de juego en S. Siro y a que en el Nou Camp, con Eto’o de lateral izquierdo, se le aparecieron todos los santos del calendario.
Y hete aquí que a los mandos del mejor equipo del Siglo XX se dedicó el primer año a echarle la culpa a todo lo que se movía por su incapacidad para frenar la hegemonía de los azulgranas. Y tuvo éxito en su cruzada. Secuestró el tradicional buen criterio del Bernabéu para saber cuándo se juega bien o no e hizo “mourinhistas” acérrimos a la inmensa mayoría de los seguidores blancos. Y no sólo eso, sino que hasta hizo acólito de su fe al mismísimo Florentino, hombre prudente y moderado en sus manifestaciones y ahora un ‘hooligans’ más; casi podría enfundarse una camiseta y enarbolar banderas con los ‘ultrasur’. Su frase de que “Mourinho nos ha señalado lo que es el señorío del Madrid” se podría poner en el Museo de los Despropósitos del fútbol. Ni el luso podía llegar a más ni un presidente del Madrid a menos.
¿ Y qué ha ocurrido para llegar estos extremos? Pues que Mourinho no sólo es un buen entrenador, cuestión ésta que está fuera de toda duda, sino que es, ante todo, un líder. Su capacidad de liderazgo es también sin margen para el error su principal virtud como entrenador. Sus jugadores le defienden siempre aun cuando no le duelen prendas para echar a la hoguera al que no ejerce en el campo y fuera de él como les dicta. Lo prueba que  le añoran en los equipos por donde ha pasado. Y no sólo ocurre esa rareza en sus jugadores, sino que su enorme capacidad de influencia secuestra también la voluntad de sus dirigentes. En el Madrid, sin ir más lejos, ha logrado que los directivos e incluso los periodistas afines se aprendan su catecismo y lo repitan con gran aplicación y esmero. Es un hombre orquesta; se ha quedado con todo el poder.
Y ahora estamos en su segunda temporada, la de los éxitos, según él mismo pontifica, y en verdad que lleva camino de demostrarlo. El Real hace un juego primoroso apretando de un modo descomunal desde el principio de los partidos, es líder destacado en la Liga y asusta a todos con su enorme eficacia. Este año el Madrid lo puede ganar todo. Pocos dudan de que es el máximo favorito en todas las competiciones, máxime cuando el Barsa anda en horas bajas.
Mourinho es un gran líder, otra cosa es lo que ocurre cuando deja un equipo. Normalmente no levanta cabeza. Esa es la otra cara de la moneda.   

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