EL COLOR DE UNA LÁGRIMA

Hacía tiempo que no me emocionaba con un partido de fútbol. En ese momento pensé que merecía la pena ser aficionado, que había sentimientos por encima del fracaso, y me acordé de los mundiales de Corea y Japón, del de EEUU y el último de Méjico, en los que por errores arbitrales España quedó apeada cuando podría albergar esperanzas. Por un momento estuvieron en mi retina los rostros ensombrecidos de Michel y sus compañeros cuando el gol cierto que no le concedieron frente a Brasil; y el de Luis Enrique llorando por el codazo de Tassoti; y las ojeras de luto de Joaquín, Hierro y Guardiola por su indignación con el arbitraje del egipcio y su ayudante del banderín.
Pero también tuvieron luz en mi memoria las lágrimas de alegría de Alfonso, Ferrer, Quico, otra vez Guardiola, y sus compañeros de selección olímpica cuando el oro de Barcelona. Y las mías cuando Cesc batió a Buffón en aquel decisivo penalti del europeo frente a Italia; y las de muchos españoles cuando el gol de Torres a Alemania en la final. Y, como no, las de media España, por no exagerar, cuando el de Iniesta frente a Holanda en la final del mundial de Sudáfrica; y las de nuestros seleccionados levantando la Copa del Mundo: Casillas, Pujol, Xavi, Iniesta, Ramos, Villa, Alonso, Busquet, Pedrito, Reina, Piqué o Del Bosque.
Y me acordé de la emoción de niño cuando el Murcia ascendió a Primera en 1.963, con los Campillo, Tatono, Aznar, Dauder, Paz, Martínez, Lax, Vicedo, Marsal, Lalo y Monovar, en aquel increíble empate a uno contra el Levante de Wanderley y Serafín en la vieja Condomina. Y las de jovenzuelo tres años más tarde con el triunfo del Madrid ‘ye-ye’ frente al Partizán de Belgrado ganando la VI Copa de Europa, con aquel tremendo equipo sólo de españoles de los Betancort, Pachín, De Felipe, Sanchís, Pirri, Zoco, Serena Amancio, Grosso, Velazquez y el gran Paco Gento. Y ya de mayor, con el Murcia de los ascensos consecutivos a 2ª y a 1ª con José María Martín y Mesones a los mandos respectivos en los años 1.972 y 1.973; en esas plantillas la mayoría eran murcianos, muy bien acompañados por media docena de buenos jugadores de fuera: los Blas, Pablo, Jerónimo, Ponce, Barrera, Férez, Canito, Herrero, Ruiz-Abellán, Murciano, Añil, López, Sergio, Cuenca, Macanás y algunos más, con los José, Ojeda, Vera Palmes, Valenzuela, Juárez , García Soriano y Cristo, entre otros, y el inolvidable, por tantos motivos, José Moreno Jiménez de Presidente.
Y la final española de París entre el Valencia de Cañizares, Albelda y Baraja y el Madrid de Casillas, Sanz, Helguera, Karanka, Raúl, Salgado, Morientes, Hierro, Sanchís y Del Bosque, que viví emocionadamente en directo con tres niños.
Y entonces pensé que en el triunfo también hay sentimientos.
Viene esto por la emoción que sentí, y la envidia sana, viendo llorar a los jugadores del Atletic de Bilbao y a muchos de sus miles de seguidores cuando perdieron la final de la Liga Europea frente al Atlético. Pensé que en esos colores había sentimientos, y eso es lo más grande del fútbol, aparte de la estética del buen juego y el interés por un resultado. Y me chocó enormemente que algunos comentaristas valoraban muy positivamente que los colchoneros hubieran ganado dos veces en tres años con dos alineaciones totalmente diferentes y un par de canteranos. Tiene su mérito, claro, pero una vez más el triunfo mercenario aunque el club esté en la ruina. Dudo que muchos de esos jugadores lloraran de haber perdido.
Entre el resultado y los sentimientos me quedo con lo segundo porque no está reñido con el éxito. Ahí está el Barsa de Guardiola como paradigma de lo que quiero decir. Y su enorme, emocionante, y entrañable despedida.
Confesaba Pepe Vidaña, el Gran Capitán Grana, en la comida semanal de la Peña del Pavo que él había llorado retransmitiendo un nefasto Zaragoza-Murcia de triste recuerdo, cuando hacía tiempo que ya no jugaba. El Maestro Ibarra añadía que él lloró, inhabitualmente, hace un par de años cuando el fatídico penalti repetido que nos mandó de nuevo a 2ª B. Yo sé que también han vestido sus lágrimas de verdad y grana en los triunfos murcianistas. Eso son sentimientos ante todo. Por eso les duele la desconsideración de algún indocumentado o que alguien dude de su murcianismo. A otros les daría igual.
Las lágrimas son transparentes; algunos mocos, ‘verdes’.

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