COMO LA HIJA DEL ‘YIYO’

Como Maite, la hija de Narciso– el ‘Yiyo’- y Maite que regentan un magnífico restaurante en Los Belones, hay cientos de miles de aficionados en toda la geografía nacional y en gran parte del mundo que no se merecen las vergüenzas que pasan viendo jugar a su equipo.
Resulta que esta adolescente tuvo el coraje, con mayúscula, de pasear por el Nou Camp y sus entrañas con una camiseta del Real Madrid este fin de semana sin que le inquietara lo más mínimo lo que pudieran pensar quienes la vieran. Eso sí, azul en lugar de blanca, que es como parece que últimamente quieren sus dirigentes que se vea al de siempre equipo blanco. Aunque más bien deberían ser grises, a tenor del juego que despliegan los de Mourinho. Como diría el castizo, ¡qué disparate!

Mourinho
El sábado, en el antiguo Sadar de Pamplona, un solo disparo a puerta y cuando ya se bajaba la persiana del partido. Enfrente el animoso Osasuna, que no es precisamente uno de sus rivales más característicos. Que no asusta a nadie, vamos. Pero claro, ahora resulta que al no jugar Ronaldo todo se justifica. Pues mire usted, ¡no! Un equipo con tres campeones del mundo, algún balón de oro, y media docena más de internacionales de diverso pelaje, más un técnico que se tiene o lo tienen sus corifeos por ser el número uno del mundo, no puede hacer el ridículo en un campo que se conforma año tras año con que su modesto equipo permanezca en primera.
Y eso ocurría mientras nuestra corajuda aficionada blanca lucía a pecho descubierto   el escudo  del club de sus amores en corral ajeno con unos pocos amigos y amigas. Eso es orgullo blanco, y no el que manifiestan los vocingleros ultras que gritan madridismo en el Bernabéu o en cualquier grada amparados en la masa. Y tampoco el que deslucen los futbolistas blancos esta temporada por esos campos de Dios, con más pena que gloria, ni el que desbocan Mourinho y sus paniaguados tratando de justificar lo injustificable cuando les vienen mal dadas. Es la tercera temporada del luso al frente del Madrid y aún no sabemos a lo que juega. Una liga y una copa no justifican en ese tiempo la pérdida de identidad que ha sufrido el otrora nombrado mejor club del siglo XX.
A ver si D. Tancredo toma decisiones, que ya está bien, y quita a su valido de en medio. A ése que se ha cansado de repetir que es el número uno y que ahora tendrá que despacharlo ya veremos cómo. Usando sus palabras, tendrá que cebar la bomba una vez más porque este motor tiene ya poco recorrido. Me consta que tiene pesadillas con una pañolada que está pronta a producirse, y eso es algo que ‘su soberbia majestad’ no puede permitirse. Pero mal pájaro tiene en la bardiza. Justamente el que él encumbró dándole más poder que nunca tuvo nadie en la casa blanca y de la que saldrá echando pestes. Al tiempo.
Y en la acera de enfrente – sin malentendidos- también bajan las aguas de los cientos de miles de aficionados no catalanes bastante revueltas. Hace poco tuve la ocasión de comprobar cómo un padre y un hijo murcianos, culés de toda la vida, se avergonzaban de la deriva política independentista que han tomado los dirigentes blaugranas. El padre trataba de explicarle a su hijo que el fútbol es una cosa y la política otra, pero el chaval no entendía que sus ídolos futbolísticos no fueran otra cosa que españoles, cuando defendían sin ninguna duda los colores de nuestra selección. ¡Qué pena de espectáculo!
Y así, unos buenos aficionados por una cosa y otros por otra, sufren en silencio los desvaríos de una gentucilla que hacen bueno aquello de que ni ellos podían llegar a más ni sus clubes a menos.

Menos mal que mientras tanto hay voces y figuras en nuestro panorama futbolístico que ennoblecen su desarrollo. Cuando el otro día pudimos observar a Del Bosque y a Guardiola juntos en la gala de los Balones de Oro, muchos españoles futboleros nos sentimos orgullosos de ver a dos de los mejores técnicos del mundo, si no los mejores sin discusión, compartiendo escenario, ideas e identidades en pos de la grandeza de nuestro deporte. Uno madridista y otro barcelonista, los dos de pro,  que siempre han hecho gala de la misma elegancia en todo momento. Tomen nota los mediocres.

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