BALONES DE ORO

Tras sesenta años de fútbol se me ocurren muchos acreedores a ese galardón, y no todos visten, han vestido o vestirán de corto. Y también balones de hojalata, si es que existiera su contrapartida, que debería.
Entre los primeros están los abuelos o padres, como fue mi caso,  que nos llevan con cinco o seis años a un campo, por modesto que sea.  Debuté en La Condomina, donde vi a Manolet, Mesones, García, Cesar, Bueno, Pepillo, Chancho, Lalo o Marsal, como tantos también añorarán; y luego pude conocer el del Cartagena, Yeclano o Lorca, cuando mi señor padre, taxista, me llevaba con algunos futbolistas que lo contrataban para jugar partidos desde sus poblaciones de origen. Recuerdo con agrado y cariño a Sornichero, de Alcantarilla, del que conservo una foto dedicada vistiendo la equipación del Efesé. Y un campo con árboles grandes que sería Las Colonias de Abarán.
Ese virus, generalmente, te inocula la afición para toda la vida, aunque también hay excepciones. Ocurre igual con otros deportes o con los toros, que también fue el caso con mi abuelo materno, primer taxista de Murcia —coche de punto decía él—, en el espléndido coso murciano; desde las andanadas admiré a Dominguín, Bienvenida, Ordóñez, Cascales, Camino, Puerta o El Viti en todo su esplendor.
Otros merecedores de un Balón de Oro son quienes dedican su tiempo libre a llevar equipos de infantiles o juveniles por esos campos de Dios, haciendo de todo, con merma para su familia, vida privada y cartera. Recuerdo de mis primeros años al Maestro Barça, quien en su propio domicilio tenía la infraestructura para sus equipos; hasta la precaria lavandería, que sería a costa de sus modestas posibilidades y economía familiar, aparte de otras molestias no menos encomiables. Era un verdadero guía y el mejor consejero para quienes le dábamos las primeras patadas a un balón, que entonces llamábamos de reglamento porque lo normal eran los de plástico o badana.
Y, en fin, a los periodistas que desde sus crónicas nos hacían soñar con que alguna vez nuestros nombres estuvieran en sus alineaciones y comentarios, tanto en la prensa como en la radio. Bienvenido Campoy, Antonio Aullón, Manuel Carles, Andrés Ayala, Juan Ignacio de Ibarra, Enrique Llanes, Antonio Montesinos y otros a nivel regional —¡qué delicia la conquista de la cumbre de Baldo!—, junto al insuperable Matías Prats y Enrique Mariñas al nacional. Y tampoco quiero olvidar a hombres como Miguel Hernández, con la Federación de fútbol en sus genes,  haciendo de todo para facilitar las cosas a chavales y menos chavales, polivalentes con los equipos que promovían; también esforzados inoculadores del virus futbolero.
Y llegamos a los artistas; los jugadores y entrenadores profesionales. En ellos cuaja el esfuerzo de todos los anteriores y son quienes entusiasman a los aficionados con sus aciertos, juego, goles, paradas, trabajo, enseñanzas y planteamientos técnicos. Pero hay algo que también habría que tener en cuenta: sus declaraciones y actitudes, tanto dentro como fuera del terreno de juego.
Sin entrar en las trilladas valoraciones de los grandes de la pelota; Pelé, Garrincha, Kubala, Di Stéfano, Puskas, Charlton, Suárez, Eusebio, Gento, Cruyff, Maradona, Romario, Ronaldo, Zidane, Raúl, Casillas, Xavi, Iniesta, Cristiano o Messi; unos con premio dorado y otros sin él, a veces incomprensiblemente como es el caso de los españoles citados, menos el gallego Luis Suárez, que se le dieron en el 60; habría que valorar lo que han supuesto para el fútbol grande. El de verdad. El que hace que miles de niños, e incluso niñas, sueñen con ser deportistas de élite aunque luego se queden en simples jugadores a cualquier nivel, que no es poco. En el camino se habrán dejado otras querencias menos saludables.  Y ahí entra también la educación; la deportiva y la otra. La que les hará gentes de bien, que es lo verdaderamente importante. Pongan ustedes mismos los nombres de quienes serían acreedores a ese Balón de Oro con mayúsculas. Y también al de Hojalata, que tampoco serían pocos, a quienes han embarrado cualquier tipo de distinción con sus malos ejemplos.
No olvido presidentes, como Bernabéu, pero es más justo loar la imprescindible aportación de los forofos para que el fútbol sea el deporte mayoritario a nivel mundial. Sin ellos sería imposible, aunque critique a veces el cerrilismo de algunos.  Merecen homenaje y reconocimiento. En ocasiones producen rechazo, pero en mí, casi siempre, generan ternura;  como admiración quienes serenan pasiones. ¡Abrazos y ánimo!

 Feliz Navidad a todos.     

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